CHIAPAS. La noche del 28 de marzo de 1982 a las 2 de la madrugada, hizo erupción el volcán "Chichonal", evento recordado como unos de los desastres más lamentables de la historia moderna pues sepultó 12 pueblos zoques, murieron más de 2 mil personas y desplazó a más de 20 mil indígenas.
La erupción del volcán Chichonal fue una tragedia que arrasó con comunidades enteras, dejando tras de sí muerte, desolación y desplazamiento. Sin embargo, entre los escombros de la tragedia, las mujeres zoques emergieron como testigos y protagonistas de una historia de resistencia, una historia marcada por la desigualdad y la lucha incansable por sus derechos.
Las mujeres en la región zoque ya vivían en condiciones de desventaja mucho antes de la erupción del Chichonal. En Francisco León y otros municipios afectados, la educación para las mujeres era prácticamente inexistente. Apenas se les permitía estudiar hasta tercer grado de primaria, y muchas ni siquiera llegaban a ese nivel porque sus familias priorizaban el trabajo en el campo sobre la escuela. Niñas desde temprana edad debían sembrar, limpiar cafetales, lavar cacao y realizar labores domésticas. Sus padres creían que su destino era casarse y cuidar un hogar, por lo que el estudio no era visto como una necesidad para ellas.
“La educación era un privilegio para los varones. Los pocos maestros que llegaban a la región lo hacían de manera esporádica y las oportunidades para las niñas eran reducidas al mínimo. Aquellas que deseaban aprender se enfrentaban no solo a la carencia de escuelas, sino también a la mentalidad de una sociedad que no les permitía soñar con un futuro fuera del hogar y el campo”, afirma Dioselina Cruz Pablo de Nuevo Francisco León municipio de Ocosingo, Chiapas. Es promotora de la medicina tradicional en el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas y activista defensora de los derechos humanos.
Cuando el volcán Chichonal entró en erupción, la tragedia no discriminó entre hombres y mujeres. Pero para ellas, el desastre fue doblemente cruel. No solo tuvieron que huir con sus familias, buscando refugio entre cenizas y fuego, sino que también tuvieron que lidiar con la precariedad, la pérdida y el desarraigo en condiciones de vulnerabilidad extrema. Mujeres embarazadas, ancianas, niñas y jóvenes huyeron por caminos cubiertos de arena y cenizas, buscando salvación en comunidades vecinas como Chapultenango, Ocotepec o Tuxtla Gutiérrez, afirma Félix Arias de la comunidad Carmen Tonapac de Chapultenango, Chiapas.
El agua estaba contaminada, los cultivos destruidos y la tierra que las había visto nacer se convirtió en un desierto. Muchas familias fueron reubicadas en comunidades como Nuevo Carmen Tonapac en Chiapa de Corzo, donde intentaron reconstruir sus vidas. Pero incluso en medio de la reconstrucción, las mujeres seguían siendo relegadas, limitadas por una estructura social que les negaba el acceso a oportunidades de desarrollo.
Con el paso del tiempo, las mujeres zoques comenzaron a levantar sus voces. La tragedia del Chichonal marcó un antes y un después no solo en la geografía de la región, sino también en la conciencia de sus habitantes. Las mujeres que habían sido testigos del desastre no solo lucharon por reconstruir sus hogares, sino que también iniciaron una batalla por sus derechos, señala Cruz Pablo.
Hoy, 43 años después de aquella noche en que el cielo ardía, las mujeres zoques han conquistado espacios que antes les eran negados. Se han convertido en escritoras, poetas, investigadoras, defensoras de derechos humanos y promotoras de su cultura. Han demostrado que su papel no está limitado al hogar, sino que son parte fundamental en la toma de decisiones de sus comunidades. La paridad de género ha abierto camino para que mujeres sean agentes municipales, comisariadas e incluso presidentas de sus municipios.
“La historia de las mujeres zoques no es solo la historia de una tragedia, sino la historia de una lucha continua. Nada les ha sido regalado; cada derecho ha sido conquistado con resistencia y esfuerzo”, enfatiza Dioselina Cruz Pablo.
A 43 años de la erupción del Chichonal, su legado es un testimonio de que el fuego que una vez destruyó sus tierras no pudo apagar su determinación. Hoy, las nuevas generaciones disfrutan de los derechos que sus madres y abuelas no tuvieron, y aunque la lucha por la equidad no ha terminado, el avance es innegable.
Las mujeres zoques no solo han sobrevivido a la erupción del volcán Chichonal; han renacido de sus cenizas, transformadas en el fuego que ilumina el camino de las que vendrán después.