VILLAHERMOSA, TABASCO.—Me gusta leer y tomar. Más leer, que tomar. Lo admito: Soy un mexicano raro. Las estadísticas señalan que la mayoría de los mexicanos considera que leer y tomar no son buenas combinaciones, aunque hay autores mexicanos que tuvieron fama de bebedores consumados y lectores compulsivos, como el poeta desaparecido Samuel Noyola. Si alguien no ha leído sobre la vida de este santo bebedor, en Netflix hay un documental sobre su paso por esta tierra (altamente recomendable).
La última encuesta de lectura del INEGI reveló que este año los que leían casi cuatro libros, ahora leen tres libros y no acaban el cuarto en 12 meses. Seguramente porque estaban bebiendo. ¿Se imaginan beber tres cervezas y cachito al año? ¿Beber una cerveza menos que el año pasado? ¡No estoy borracho!
En cambio, el consumo de cerveza se va como agua. Datos sobrios del Instituto de Estadística y Geografía indican que los mexicanos beben 69 litros de cebada anuales. Suponiendo que solo se tratara de cervezas en lata (la producción en esta modalidad abarca el 36.1% del total nacional), el consumo per cápita de cada mexicano anualmente sería de 191 latas, con la capacidad estándar de 355 mililitros.
¿Se pueden imaginar si esas latas fueran libros? Habrían más de las tres librerías que existen en toda Villahermosa, y menos six en las colonias. El grupo Modelo tenía hace 10 años 4500 rutas de distribución nacional y 500 mil puntos de venta en todo el país.
Un mundo con más lectores y menos bebedores sería una pesadilla para un bebedor compulsivo y una catástrofe nacional. La industria de la cerveza ocupa el lugar 14 dentro de las industrias manufactureras importantes, y la nación es la número uno en exportación de cerveza, aunque ya bebiendo se les olvida a todos que hay 27 millones de mexicanos atrapados en esta silenciosa adicción, y que el alcohol es la cuarta causa de muerte en el país. Sí, la lectura y la bebida se tragan, pero no se mascan, beber y conducir menos, pero nadie hace caso.
LOS YUCATECOS BEBEN MÁS CERVEZA
Más que ser un mexicano raro, soy un tabasqueño raro: leo mucho y bebo a cuentagotas. Mi abstinencia no estriba en que descrea que las puertas de la revelación no se abran con esa agua bendita. El escritor austriaco Joseph Roth conoció los cotos de la bienaventuranza obsequiados por esa gracia. Como bebedor probo, compartió esos secretos, contándonos la vida del sin casa ni papeles, Andreas, que dormía debajo de los puentes del Sena, según La leyenda del santo bebedor, que se puede leer a tiro de pedrada en menos de un six y medio.
Ser abstemio en una tierra de cosacos bebedores del trópico tiene muchos méritos. Hay que tener mucha firmeza para rechazar todas las invitaciones diarias, a cualquier hora, por cualquier medio, para echarse «unas bien muertas», dicen sin haber probado nada pero ya inspirados los bebedores semanales.
En la calle donde vivo, tengo a la derecha y a la izquierda dos depósitos de cerveza. Y es una cruz continua resistir los cargamentos que compran jóvenes y ancianos, obreros y desempleados, y más extrañamente, mujeres, la mayoría a pie, otros en motos, en bicicleta, en trocas y automóviles, estos últimos con sus rockolas móviles sonando a todo lo que dan las rancheras, los corridos, los raps y los tumbados. Beber tiene sus estilos. Y también sus méritos: Yucatán es la entidad que más produce cerveza, y sus habitantes, bien merecido, los que más beben.
TEMPERATURAS IDEALES
Con la temporada de calor, el dueño de uno de estos establecimientos me ha dicho que sus ventas se triplican. Mientras me cuenta esto mira con tristeza o quizá con desconfianza mi suero.
Me da pena decirle que me hidrato con esta bebida, así que mejor le cuento que en el otro depósito cierran más tarde que en el suyo, como dándome ínfulas de que soy también uno de tantos, más bebedor que lector, y que bebo suero para curármela.
Porque no me cree o por curiosidad, me pregunta a cómo dan la venta de una marca de cerveza con el enemigo. De antemano no lo sé porque, como ya lo expliqué, soy más lector que bebedor; le doy la vuelta, diciéndole que tal marca es conocida como «la milagrosa» porque sabe más a agua que a cebada. Él se defiende diciéndome que aquí eso no se vende, como si fuera decisión suya y no de la distribuidora lo que expende.
Ahora soy yo el que quiere saber un poco de los hábitos locales de los bebedores de mi colonia. Me dice que la marca más popular es la XX. También vende bastante la Indio, y agrega que esta marca es todavía más cara que la Bohemia. En el otro establecimiento, que es donde compro mis sueros, oí que pedían «unas vikis».
Me revela que hay dos horas de ventas grandiosas, a eso de las tres de la tarde y después de las 10 de la noche.
—¿Quiénes te compran a las 3? —le pregunto, yo que a esa hora estoy aún trabajando.
—Los obreros o albañiles que quieren aplacar el calor.
—¿Y después de las 10?
—Los mismos, —me dice con naturalidad— solo que ya ni se fijan en el calor.
No se lo digo porque no sé como podría tomarlo, pero casi nadie de los consumidores de cerveza sabe que hay una temperatura ideal para cada tipo de cerveza. Beber la cebada «bien muerta» impide a las papilas gustativas percibir adecuadamente el sabor. Una lager debe estar a temperatura de 2 a 4 grados centígrados, una ale o muy fermentada a 13 o 16 grados centígrados.
Dejo al encargado del depósito porque llegan a pedirle una bolas de toro. Ya es noche. Beber o no leer. He ahí la cuestión. Recuerdo el tiempo en que rompía envases de cerveza, ya enfiestado, en las calles de Uxmal, en el altiplano «El vicio no acepta la mediocridad», encontré que escribía sabiamente el hombre que registra su aspiración a elevarse sobre sus carencias y limitaciones, en la novela que leía en aquellos tiempos, Diario de un aspirante a santo. Gracias a esa cita entendí con piedad que ese mismo era yo. Y todo cambió.
No me he vuelto doble A, ni he acabado en la calle, aún. Procuro, como tabasqueño-lector-raro conciliar mi ying y yang. Y si alguien me pide un consejo, como no soy muy original, repito lo que oí en la cinta Los amantes del puente nuevo, de Leo Carax: Hay dos formas de beber, como joven o como viejo. Los viejos beben para olvidar. Los jóvenes para recordar. Y tú, ¿para qué beberás?