TABASCO. Con una veintena de cuadros en formato de gran tamaño y medianos, el pintor tabasqueño José Francisco Rodríguez Herrera vuelve a plasmar su trabajo abstracto en su tierra, donde hace unas dos décadas estuvo exhibiendo obras en el Instituto Juárez.
Esta vez lo hace en el Centro Cultural Villahermosa, con una exposición titulada “Huellas de ida y vuelta”.
Sus pinturas en acrílico, una elección rara por su rechazo biológico a la acuarela, se integran en un par de serie unidas bajo el título de Glifos. Otra temática sería las obras dípticas que culminan en un par de cajas de objeto-arte.
Aunque los trabajos más explícitos que tiene, alimentados por objetos tan disímbolos y unidos por su biografía muy personal: el guante y muñequera con la que sostiene el pincel, son elementos presentes en estos singulares experimentos plásticos.
Y, por supuesto, sus obras en gran tamaño, donde aparecen sus obsesiones, acerca de las cuales, la reconocida crítica de arte, Teresa del Conde, ha señalado: “La pintura de José Francisco es vivaz, en ocasiones violenta, con claras connotaciones sexuales, reminiscencias oníricas y recuerdo de cosas vistas, oídas, sentidas o añoradas”.
La paleta de colores ocres, terrosas y por momentos deslumbrantes es lo que atrae al público que conoce su obra.
Entre los temas más evidentes, dentro de su estilo abstracto, están “Caballero Tigre”, de tendencia erótica; sus viajes en “Belgrado 5”; su tierra en “Sureste”, sus estados anímicos en “Tercera tarde”; sus aspiraciones espirituales en “Los sufis”, o sencillamente sus acercamiento a temas ya tratados como “Alcatraces II”.
Durante el recorrido es posible también comprobar la reseña certera que hizo el ensayista y novelista yucateco Juan García Pone del pintor nacido en Tabasco, cuya formación ha sido completamente en el altiplano: “No hay intersticios silenciosos en la obra de José Francisco. Toda ella está hecha de luz, de color, de forma, de elementos naturales de la pintura, como la palabra debía serlo de la poesía”.










