TABASCO. Aunque recientemente el Gobierno de Centro declaró que los cárcamos están preparados al 100% para las lluvias intensas de la temporada que se aproxima, en los hechos, el municipio que alberga a Villahermosa, la capital del estado, es un territorio vulnerable frente a la amenaza que representan las recurrentes inundaciones.
Con más de 680 mil habitantes y cerca de 250 mil viviendas, según el Censo de Población y Vivienda 2020, este municipio, atravesado por ríos como el Grijalva y el Carrizal, enfrenta un estado de indefensión ante los efectos del cambio climático y fenómenos hidrometeorológicos.
El peligro latente que significan ciclones tropicales como “Erick”, que se desarrolla en la región, encendió las alertas en la Comisión Nacional del Agua (Conagua), y elevó la preocupación en una región donde el 70% de su superficie urbana es susceptible a crecientes, de acuerdo con el Atlas Nacional de Riesgos 2015.
La expansión urbana descontrolada desde los años ochenta, sumada a un sistema de drenaje obsoleto y una topografía propensa a retener agua, ha convertido al municipio de Centro en una zona de riesgo, con 32 puntos críticos de inundación identificados por Conagua y Protección Civil.
Las colonias Centro y Tamulté, visitadas por Sintexto, son un reflejo de la lucha diaria de los habitantes contra el agua. Los testimonios de los ciudadanos revelan no sólo la magnitud del problema, sino también el trauma colectivo que han dejado décadas de emergencias hidrometeorológicas.
Mientras tanto, las autoridades reconocen la complejidad de la situación, agravada por el cambio climático y la falta de infraestructura adecuada, y hacen un llamado urgente a la acción colectiva.
Tamulté: Marcada por el Trauma
En la colonia Tamulté, la esquina de las calles Manuel Doblado y Agustín Iturbide es un punto crítico donde confluyen más de cuatro alcantarillas, cuya ubicación en una zona cóncava que la convierte en una de las más inundables.
Ian Daniel, quien desde hace dos años trabaja en un estudio gráfico en este lugar, describe la situación como “fea”. Su local, construido sobre una base elevada de un metro —una medida común en la zona para mitigar daños—, no escapa al agua en lluvias intensas.
“Para que se inunde, las lluvias tienen que ser fuertes y constantes, pero el agua entra igual”, relata. Como precaución, él y sus colegas retiran del suelo cualquier objeto que pueda dañarse cuando se anticipa una tormenta.
A pocos metros, una preparatoria evidencia la magnitud del problema: los estudiantes llegan empapados, enfrentándose al agua para asistir a clases. Ian, por su parte, prefiere cerrar el estudio cuando las calles se anegan.
“Por lo general, está muy lleno de basura aquí. Hay áreas donde se tira basura en las banquetas. No diría que es el motivo principal, pero sí creo que tapa las alcantarillas constantemente”, señala, apuntando a uno de los problemas estructurales de la zona: la acumulación de desechos que obstruye el drenaje.
Lucio Manuel Fernández, residente de Tamulté desde hace 49 años, comparte una experiencia similar. Su casa, también elevada más de un metro, no está exenta de las crecientes.
“Aquí avientas una cubetita de agua y ya está tapado, porque el drenaje está obsoleto”, asegura. Critica la ineficiencia del desazolve: “Los que vienen con el camión de bombeo solo quitan la tapa del registro, meten una barreta para ver qué tanto hay de tierra y se van. No desazolvan, y ese es el problema”.
Según Lucio, las alcantarillas, además de estar tapadas por basura, sufren el peso de los vehículos que las hunden, agravando la situación. En su calle, el agua puede alcanzar un metro de altura con cada lluvia fuerte, un fenómeno que se repite sin solución aparente.
“Cada que llueve, es el mismo problema. Mientras no succionen ese drenaje, seguirá pasando”, lamenta, destacando la necesidad de una limpieza constante de las calles, ya que los desechos que no recoge el servicio de basura contribuyen al colapso.
Adrián Gamboa Carrera, delegado de Tamulté de las Barrancas, describe un “trauma colectivo” que permea en la comunidad. Los habitantes viven pendientes del funcionamiento del cárcamo, sabiendo que una falla puede desencadenar una catástrofe.
Calles como Ignacio Gutiérrez, Gil y Sáenz, Libertad, Ignacio Allende y Comonfort, son las más afectadas, con niveles de agua que alcanzan hasta un metro y medio en las zonas de drenes. “En ocasiones, el agua no solo entra a las casas, sino que sale por los inodoros”, relata, evidenciando la gravedad del problema.
Más de 300 familias y 120 comercios sufren las consecuencias de cada inundación, especialmente en una zona conocida por su actividad comercial.
El delegado recuerda la lluvia del 10 de mayo, que anegó gran parte de la colonia en apenas 40 minutos. Aunque una campaña de limpieza y desazolve realizada el 4 de mayo ayudó a mitigar el impacto, Gamboa advierte: “Si hubiera llovido un poco más, la colonia se habría ido al agua”. El desalojo del agua, dependiendo de la intensidad de la lluvia, puede tomar hasta una hora y media, un tiempo crítico para los hogares y negocios afectados.
Dos cuerpos de agua complican la situación: un vaso regulador y la laguna “El Tortuguero”, esta última severamente contaminada por llantas y electrodomésticos arrojados por los vecinos. Gamboa anuncia brigadas de limpieza en los drenes, pero reconoce que la solución requiere un esfuerzo sostenido y colectivo.
Centro vive en el miedo
A casi cinco kilómetros de Tamulté, en la colonia Centro, la delegación 6 es un núcleo comercial vital de Villahermosa, con grandes empresas como Chedraui y la plaza Las Galas, junto a numerosos pequeños negocios.
No obstante, su posición geográfica la hace vulnerable a los efectos del agua, un temor que se remonta a la devastadora inundación de 2007. Miriam Madrigal, propietaria de “La Fonda de los Abuelos”, un restaurante con 29 años de trayectoria en la calle Gil y Sáenz, vive con la ansiedad de cada temporada de lluvias. “Temblamos, porque ha llegado a entrar el agua, aunque no como en 2007”, confiesa.
La lluvia del 10 de mayo dejó un metro de agua en su local, obligándola a endeudarse para reparar los daños. “El problema es la falta de educación de la gente. No limpiamos, y los drenajes se llenan de basura”, sentencia.
Su hijo, Andrés, refuerza esta idea, señalando que la basura y el mal mantenimiento de los cárcamos son los principales culpables. Como medida preventiva, la familia sigue los noticieros y se equipa con botas y cubrebocas para enfrentar cualquier situación de riesgo.
Andrés destaca la lluvia del 10 de mayo como una evidencia del cambio climático: “En mayo nunca habían habido lluvias así, siempre decimos ‘esperamos como agua de mayo’ porque nunca llegan, pero esta vez sí, y se inundaron hasta las banquetas”. Tras cada lluvia, el lodo invade su hogar y restaurante, un recordatorio constante de la precariedad de la infraestructura.
Yolanda Pérez Pérez, delegada de la delegación 6, describe una situación alarmante: “Todas las calles se ven afectadas”. Calles clave como Gil y Sáenz, Abelardo Reyes, Lino Merino y Sánchez Magallanes son las más perjudicadas, con tirantes de agua de 35 a 40 cm.
La delegada señala que el sistema de drenaje “le queda chico a la ciudad” y que la basura es el principal obstáculo. “De nada sirve tener el cárcamo más grande cerca si se acumulan toneladas de basura cuando llueve”, lamenta.
La lluvia del pasado 10 de mayo colapsó las alcantarillas por la cantidad de desechos, afectando a más de 500 comercios, residencias y edificios en renta. Los negocios pierden equipos y vehículos, mientras las familias, muchas con adultos mayores, evacúan desesperadamente ante la entrada de aguas negras a sus hogares.
Pérez subraya la cercanía de hospitales y terminales de autobuses, que también se ven impactados, y la pérdida de cortinas de fierro en los comercios, donde el 90% de la zona es comercial. La laguna “El Negro”, que funciona como vaso regulador, no es suficiente para mitigar el problema.
La delegada insiste en la necesidad de renovar las tuberías subterráneas, que están en “muy malas condiciones”, aunque reconoce que este es un problema municipal que aún espera un plan integral. Su llamado es claro: “Hagamos conciencia, porque si seguimos así, será cada día peor. Sin reeducarnos, ningún cambio hidráulico servirá”.
Por su parte, José Pablo Custodio Rodríguez, subdirector de Recuperación de Ecosistemas de la Secretaría del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible (Semades), explica que el cambio climático ha hecho los pronósticos meteorológicos casi impredecibles, complicando la planificación.
“En Tabasco ya no llueve como antes. El estiaje y la deforestación están generando fenómenos anormales, como un aumento de dos grados en la temperatura en la Chontalpa”, revela. Entre las soluciones, destaca el desazolve de ríos y la prohibición de desarrollos inmobiliarios en las riberas de cuerpos como el Grijalva.
“La gente sigue construyendo en zonas inundables, cuando deberíamos reforestar esas áreas para conservarlas”, advierte, subrayando que los asentamientos irregulares, impulsados por la necesidad de vivienda económica, son los más afectados durante las crecientes.
La Semades impulsa campañas de reforestación, pero Custodio reconoce que estas deben ser integrales y multidisciplinarias, involucrando a los tres niveles de gobierno, así como a Chiapas y Guatemala, debido a la naturaleza federal de las cuencas hídricas del Grijalva, gestionadas por Conagua.
“La reforestación ayudaría a reducir el arrastre de nutrientes y la erosión en las cuencas”, explica, destacando que la deforestación, impulsada por usos y costumbres, debe equilibrarse con iniciativas que beneficien económicamente a las comunidades.
Con el ciclón “Erick” acercándose, el municipio de Centro se prepara para enfrentar una nueva prueba. Las voces de Tamulté y Centro reflejan una comunidad resiliente pero agotada, marcada por el trauma de las inundaciones recurrentes.
La basura, el drenaje obsoleto y los efectos del cambio climático son problemas estructurales que requieren soluciones urgentes. Mientras las autoridades piden colaboración ciudadana y planes integrales, los habitantes de Centro saben que cada lluvia es una batalla.









