QUINTÍN ARAUZ, Centla, Tab.— Un brazo del Usumacinta determinó el auge del poblado Quintín Arauz, pero también su atraso. Los más viejos recuerdan la llegada de otros hermanos chontales, procedentes de comunidades vecinas como Guerrero, Allende y Buena Vista, al islote de apenas 24 kilómetros cuadrados. Venían en busca de la riqueza de las corrientes de agua dulce, repletas de mojarras.
La principal calle, larga y empedrada, habla de la maravillosa bonanza que trajo la pesca. Todavía los abuelos recuerdan los cayucos repletos de pescado, partiendo de noche de la isla para alcanzar temprano el puerto de Frontera, donde se vendía todo el producto en el mercado Morelos.
También transportaban así a los enfermos, porque la comunidad no contaba con un centro de salud, menos soñaban con tener un puente. Al pariente enfermo lo llevaban en una hamaca sujetada a un tronco atravesado, y dos hombres cargándolo a los extremos.
En 1960, según el Censo de Población y Vivienda, eran ya 444 quintinenses y no tardó en alumbrar el progreso: Antes de que les trajera la luz eléctrica, Carlos A. Madrazo Becerra, a la sazón gobernador de Tabasco, colocó provisionalmente una vieja planta de luz, que competía en la madrugada con el ruido de grillos, gallos y chachalacas. El primer día del alumbrado fue motivo para un baile que se prolongó hasta el amanecer.
Los de Quintín auguraban un futuro prometedor. Pero en la década siguiente, el pueblo disminuyó, en vez de crecer. En 1970 pasaron a ser 357 habitantes, 84 menos.
La sobreexplotación de los ríos hizo que los de Quintín tiraran las redes y se fueran a probar suerte a Frontera, trabajando en casas comerciales. Otros jalaron a Villahermosa para ser obreros, albañiles o vigilantes y volver sólo los fines de semana.
Desde entonces la migración ha sido una constante que frena el crecimiento. Con el boom petrolero, en los ochenta, los destinos se ampliaron a Paraíso, Ciudad del Carmen y hasta Campeche. El censo de 1980 marcó 428 habitantes para Quintín.
La posibilidad de estudiar hasta el nivel bachillerato, con la idea de que los jóvenes no se desplazaran a Frontera, sólo retrasó las amargas partidas. La falta de polos de desarrollo hace que los bachilleres de Quintín sigan migrando. El destino ahora es Cancún, Mérida. El turismo, pues.
El año pasado, otra obra grande, volvió a conectar las esperanzas. La panga, que cruzaba a los más de mil pobladores por el Usumacinta, dejó de dar servicio. Un puente ahora los conecta con tierra, para despecho del gobernador de entonces, que cuentan los de Quintín que dijo por la petición de esa obra: «¿qué produce Quintín para que les pongamos puente?».
La obra se hizo por Andrés Manuel López Obrador, el presidente de la República, «el mero, mero», dicen con orgullos los de acá. Y los de Quintín sueñan de nuevo con terraplenes para su ganado, con dragas que harán que una laguna cercana llene otra vez sus redes, con apoyos que levanten sus cultivos.
Los jóvenes oyen a los viejos con la cantaleta que ya conocen. Mejor se ponen a jugar en un pedazo de tierra que hace de campo de futbol porque acá, aunque haya puente, todavía no conocen los parques decentes ni los deportivos reglamentarios.









