CUNDUACÁN. Indignación. Coraje. Impotencia. Tristeza. Llanto. Dolor. Mucho dolor. Los sentimientos brotan a flor de piel. Rostros desencajados por el desconsuelo, miradas perdidas, ojos enrojecidos y llenos de lágrimas. La escena hace pedazos el corazón.
Esta tarde de martes, la Atenas de la Chontalpa despide a Juan Manuel, el joven músico, de 19 años que, junto con otros cinco muchachos más, perdió la vida en la masacre del antro DBar. Su sepelio congrega a familiares, amigos y también a ciudadanos que han acudido al panteón central de Cunduacán. La desolación los invade a todos.
Rumbo a lo que será su última morada, al integrante de la agrupación de regional mexicano “Estilo de Rancho”, de la que era guitarrista, sus ‘camaradas’ le cantan con nostalgia “Un amigo que se fue”.
“Lloramos por un amigo…Que se ha ido al paraíso…Para nunca regresar…Lo vamos a extrañar…Adiós amigo…Querido amigo”, repiten en coro, entre la pirotecnia que estalla en el aire y que, aun y con el estruendo, no alcanza a ahogar el sufrimiento que se transforma en gritos de aflicción.
Varias coronas de flores se asoman en el cortejo fúnebre. Su amigo, su compañero, el vocalista José Antonio Collado confiesa que el día del trágico hecho no les tocaba trabajar. Él, Juan Manuel, acudió a la discoteca con otras amistades, “a celebrar que el sábado 30 de noviembre tendrían una presentación musical importante”.
De la muerte de su “hermano del alma”, se enteró por su “hermano biológico”. La noticia había corrido como reguero de pólvora desde las primeras horas del domingo. “Llegó asustado a la casa preguntando por mí, pues pensaba que estaba junto con Manuel en el antro”.
“Fue algo horrible, a mi hermano lo vi muy preocupado por mí, pero gracias Dios no asistí porque teníamos el compromiso (de fin de mes) y me estaba cuidando la voz”, relata.
La inesperada muerte, asesinato, de Manuel, ha puesto en pausa todos los proyectos musicales. De entrada, ya se canceló el evento del 30. “Nos vamos a tomar un tiempo, es difícil todo esto que está pasando, primero le brindaremos luto y luego ya veremos”, se sincera, afligido, con ese vacío que provoca la irreparable pérdida.
Alrededor de las tres de la tarde, la carroza que traslada el cuerpo del joven músico llega a la Iglesia “La Conchita”. Familiares y amigos ingresan a la parroquia, aturdidos, desconcertados. Entre llantos, escuchan las plegarias, encomiendan el alma de Juan Manuel a Dios, para que le conceda eterno descanso.
El rito exequial concluye. Silencio sepulcral. Se aproxima el momento más doloroso. La despedida. El camino hacia el cementerio se ralentiza. Los deudos se resisten a creer que la muerte del hijo, del hermano, del primo, del sobrino, del amigo, del músico, sea verdad. Más llanto…más angustia.
Al final, más de 150 personas dan el último adiós a Juan Manuel de la Cruz. Una víctima más de la crisis de violencia que golpea a Tabasco. Un acto impune más del crimen organizado.
“Ha sido difícil aguantar…Este golpe al corazón…Cómo soportar la realidad… Sobre todo este dolor”…cantan todos, apesadumbrados, para el hijo, para el amigo que se fue.

















